Gato de Barrio
Con el caso de Marx Arriaga, quien se negaba a ser removido de la Dirección General de Materiales Educativos de la SEP, se ratifica que las embajadas y representaciones diplomáticas se utilizan, según el caso, como un premio o un castigo para políticos morenistas, en detrimento de un personal del servicio exterior de carrera, ignorado y minimizado.
Por ejemplo, recordar que para sacudirse la posible influencia que expresidentes aún pudieran tener, Gustavo Díaz Ordaz fue nombrado el primer embajador de México en España en 1977, tras 38 años de ruptura diplomática por el régimen franquista, pero por cuestiones de salud no duró mucho cargo; más adelante José López Portillo designó a Luis Echeverría como embajador en la Unesco (París) y, después, simultáneamente en Australia y Nueva Zelanda.
En la autollamada cuarta transformación las designaciones diplomáticas han sido utilizadas como premio a quienes renunciaron a sus partidos para sumarse a Morena, como sucedió con Claudia Pavlovich, exgobernadora de Sonora, quien primero cónsul en Barcelona y después embajadora en Panamá; Quirino Ordaz, exgobernador de Sinaloa, embajador en España; Omar Fayad, exgobernador de Hidalgo, embajador en Noruega. Otro caso fue la designación de la periodista Isabel Arvide, en la representación mexicana en Turquía, donde ejecutó un papel totalmente desastroso, tanto en lo personal como en lo diplomático.
Pero también ha sido como castigo, como sucedió con Josefa González-Blanco Ortiz Mena, quien fue destituida como secretaria del Medio Ambiente al retrasar un vuelo comercial de Aeroméxico para abordarlo, por lo que después fue nombrada embajadora ante el Reino Unido. Precisamente, ahora será relevada por Alejandro Gertz Manero, exfiscal General de la República, quien por ser un personaje incómodo fue forzado a renunciar y, aunque se había especulado que sería enviado a Alemania, finalmente radicará en Londres.
No siempre se han concretado las designaciones, como sucedió en 2022 con el historiador Pedro Salmerón, propuesto para ser embajador en Panamá, pero por acusaciones de agresiones sexuales en su contra, el país centroamericano lo rechazó; después se mencionó a la actriz Jesusa Rodríguez, pero no aceptó el nombramiento para finalmente recaer en el actor Demian Bichir, hasta que en 2025 fue remplazado por la sonorense Claudia Pavlovich.
Otro caso es el de Adán Augustó López, quien no aceptó salir al extranjero y ser embajador y prefirió seguir en el país para vigilar sus intereses políticos, como el apoyar a la senadora Andrea Chávez para ser la candidata de Morena a la gubernatura de Chihuahua.
Ahora se suma el caso de Marx Arriaga, quien tras acusar a las autoridades de la Secretaría de Educación de seguir políticas “neoliberales”, por intentar modificar “sus” libros de texto –mismos que han sido severamente cuestionados por ser “doctrinarios”, con evidentes errores y faltas de ortografía–, no aceptó encabezar la embajada de México en Costa Rica.
Sin importar cuál partido esté en el poder, quienes han hecho carrera en el servicio diplomático mexicano además no son considerados en el momento de nombramientos o ascensos, para dar paso a políticos ajenos a asuntos de las relaciones exteriores y que, en lugar de hacer una digna representación de México en el exterior, políticos improvisados solo cumplen con sus intereses personales, ajenos a lo que necesita nuestro país en el mundo.






































