Alebrijes en Cuadratines / Confianza en los especialistas

 

Adrián Chavarría Espinosa

ache57@yahoo.com.mx

Regularmente todas las familias tienen a un doctor familiar –ya sea particular o en alguna institución de seguridad social–, al cual recurren para tratar y sanar alguna enfermedad común, la cual podría ser desde una gripa a una pulmonía, una infección estomacal o de las vías urinarias, por ser situaciones comunes.

Sin embargo, cuando se requiere algún otro tipo de atención que irían desde situaciones más o menos sencillas, por ejemplo, verificar la agudeza visual, atender algún problema en la dentadura, hasta casos más graves, como una apendicitis o la fractura de un hueso, se requiere de la atención de un especialista.

No es por menospreciar al doctor familiar, pero éste requerirá no solo de la opinión sino de la intervención de un profesional que se ha capacitado y preparado para atender situaciones específicas, en muchos casos con tratamientos más precisos, incluso de ser necesario hasta una intervención quirúrgica. Entonces el médico general ofrecería su opinión pero la última y definitiva sería la emitida por el especialista, a fin de lograr la recuperación total del enfermo.

El médico general podrá conocer de situaciones difíciles para el enfermo pero, sin duda, el no podrá aplicar el tratamiento o la cirugía necesaria. Incluso, el paciente podrá libremente buscar una segunda o tercera opinión para optar por la mejor atención médica.

Ahora lleve este ejemplo al terreno político, donde el presidente Andrés Manuel López Obrador sería el médico general y los especialistas serían tanto los integrantes de su gabinete, asesores y colaboradores, responsables de analizar las diferentes condiciones sociales para no solo emitir su mejor opinión y recomendación, a fin de apoyar en una mejor administración.

Pero también existen otros conocedores y especialistas, llamémoslos externos, quienes también emiten sus opiniones acerca de los problemas que enfrenta el gobierno, como parte de una crítica la mayor de las veces con sentido positivo para criticar posibles errores y emitir observaciones que podrían ayudar a superar las que han sido consideradas como deficiencias.

Lamentablemente en la actual administración federal el presidente se niega rotundamente a escuchar los puntos de vista, consejos y recomendaciones de sus colaboradores, asesores y miembros del gabinete, quienes tampoco se atreven a contradecirlo a pesar de que comete evidentes errores.

Por ese motivo han renunciado varios funcionarios que no han estado de acuerdo con sus políticas, como Simón Levy, a la subsecretaria de Turismo; Germán Martínez Cázares¸ a la dirección general del IMSS; Guillermo García Alcocer, a la Comisión Reguladora de Energía; Jaime Cárdenas, al Instituto para Devolver al Pueblo lo Robad; así como tres secretarios: Carlos Urzúa, a Hacienda y Crédito Público; Javier Jiménez Espriú, a Comunicaciones y Transportes; y Víctor Manuel Toledo, a Medio Ambiente y Recursos Naturales.,

Pero quienes no están de acuerdo con sus puntos de vista como columnistas, analistas, medios de comunicación, ya sean impresos, electrónicos o digitales, reciben la clasificación presidencial no solo de adversarios sino de emisarios del pasado, conservadores, neoliberales, intelectuales orgánicos, por no llamarlos propiamente como enemigos, pero sin fundamentar sus razones, basándose únicamente en su palabra y punto de vista.

De nuevo en el ejemplo de los doctores, si usted o un familiar tuviera la mala suerte de fracturarse un brazo, el médico general con la simple observación de la placa de rayos X propondría solamente enyesar la parte del hueso roto pero, mientras el especialista, un traumatólogo, al analizar con mayor atención la lesión propondría en cambio una cirugía para colocar ya sea un clavo o una prótesis, lo que a la larga dejaría menos secuelas físicas.

Sin embargo, ante este panorama el médico general argumentaría que su propuesta no resultaría tan costosa, tampoco haría que las personas pasaran por el quirófano, que no necesitaría mucho tiempo de convalecencia, su costo no sería tan alto y descalificaría el diagnóstico del especialista. ¿Usted, a quién le haría caso? Creo que al traumatólogo.

Pues así sucede con López Obrador y sus descalificaciones a los diferentes organismos autónomos que se resisten a acatar sus órdenes, como sucede con los diputados de Morena, quienes no se atreven ni siquiera a cambiarle una simple coma a sus iniciativas de ley.

Con la idea de que institutos y comisiones como el Nacional Electoral, de Transparencia, de Telecomunicaciones, de Competencia Económica, por citar algunos que difieren con los puntos de vista oficiales, además de supuestamente ser demasiado onerosos por sus gastos de operación y sueldos que se pagan, López Obrador propuso su desaparición y sus funciones sean absorbidas por las secretarías de estado. Pero ¿qué tan confiable sería que una secretaría de estado, al ser juez y parte en un conflicto, emita un veredicto imparcial y objetivo?

Recuérdese todo lo que ha pasado para que esos órganos autónomos, integrados por ciudadanos, hayan ganado la confianza y el reconocimiento social, lo cual se demuestra con la gran cantidad de asuntos atendidos, cuyos fallos son adversos para las autoridades federales.

Incluso, López Obrador es politólogo no abogado para asegurar, sin bases o argumentos que respalden sus argumentos, de que sus propuestas e iniciativas son constitucionales pero, en cambio, descalifica a quienes no están de acuerdo con él e ignora a juristas especializados en la Constitución, quienes sí respaldan sus expresiones para refutar al presidente.

Este es el mejor ejemplo de quién tiene la razón: el médico general o el especialista.

La recomendación es analizar las propuestas presidenciales, ver qué hay detrás de ellas, a quién beneficia y perjudica, para decidir cuán positivas o negativas pueden ser antes de aceptar en forma automática todos los dichos e iniciativas que salgan de Palacio Nacional, porque carecen de bases o razones sólidas para ser socialmente benéficas.

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